martes, 6 de marzo de 2012

El Síndrome del Anciano con Viagra Cinematográfico (El Guardián n° 55)

Los lugares comunes son duramente criticados por comunes, pero no por inverosímiles. Así es como si bien nos fastidia ver en el cine o la tele la repetición de tópicos como el Policía Corrupto, el Drogón Cabeza Hueca, el Empresario Corrupto, la Ex Esposa Resentida, el Político Corrupto o el Cordobés que se Cree muy Gracioso, no podemos sino confesarnos que conocemos a alguno de estos ejemplares de la vida real, o varios.

Tomemos al Anciano con Viejazo, un personaje bastante pintoresco y que en la Era Viagra se ha multiplicado como la peste. El tipo se rebela contra su condición de abuelito inofensivo y quiere mostrar a toda costa que “a este trabuco naranjero aún le quedan un par de perdigones”. El Anciano con Viejazo es chistoso porque trata de hacerse el moderno y –ahora que puede hacer algo con ellas- levantarse minitas diciendo (siempre en forma errónea o desajustada) palabras como “chat”, “blackberry”, “tkm”, “piercing en el pito” y entremezclarlas con términos vetustos como “Ferro quina Bisleri” o “Tirame las agujas, manso”. Pero no quiere dejar de hacer bandera con la leyenda y el encanto de los tiempos pasados: y por eso hace gala de su Camaro de colección o de su entrada al garaje con adoquines coloniales. El Anciano con Viejazo lo quiere todo: Respeto a su historia, autoridad y canas, y demostrar que sabe dominar las últimas tecnologías como el más canchero preadolescente.

Lo que jamás hubiéramos imaginado es que este síndrome podría afectar a los próceres más marmóreos del cine internacional. El gran Martin Scorsese, el Martin Scorsese que en algún momento decidió que una de sus mejores películas fuera en blanco y negro, ahora se quiere hacer el péndex usando 3D a troche y moche en La Invención de Hugo Cabret. Pero para que no lo confundan con un imberbe superficial amante de los robots tipo Michael Bay, lo hace homenajeando a Georges Meliés y sus efectos especiales antediluvianos, como diciendo “¡Yo uso 3D, querido, pero sé que el cine es mucho más que la computadorita que usan los pendejos de ahora, qué Transformers ni qué Transformers!”. Así se apropia del maquinismo innato de la juventud, sin bajarse de su condición de patriarca sabio y artesanal. ¡El pan, la torta, la chancha y los veinte en un mismo cocktail de Red Bull y Gerovital!

Otros provectos cineastas que se han embarcado en el mismo tren son Steven Spielberg, que en Las Aventuras de Tintín: El Secreto del Unicornio usa el 3D para recrear una historieta del año del jopo -literalmente hablando. Y el madurito Tim Burton, que quiere ser un viejo infantilizado desde los 20 años: ¡En la pronta a estrenarse Frankenweenie mezcla el 3D con el blanco y negro y el stop motion de King Kong! Retro 2 - Tiempos Modernos 1.

El peor caso de retrotresdimensionismo, sin embargo, es el protagonizado por el jubilado teutón Werner Herzog en La Caverna de los Sueños: El tipo te usa el 3D para mostrarte pinturas rupestres. Pará, te fuiste al carajo. O sea, es como que dijo “¿Cómo puedo ser más anacrónico y artísticamente retrógrado posible? ¡Ya sé, ya sé!”. Y lo mejor es que seguramente no tuvo que pagar derechos, porque sus autores llevan muertos más de 100 años. Mínimo.

¿Por qué esta obsesión por el 3D de nuestros patriarcas cinematográficos? Me temo que el motivo es bastante prosaico y no hace falta un Freud para desentrañarlo. La pantalla del cine es el símbolo fálico de los directores, el miembro masculino con el que penetra nuestros sentidos e introduce su esperma intelectual en nuestro cerebro. Bueno, el 3D es su enorme y poderoso Viagra (o una prótesis peneana, si quieren ser más brutales). No sólo nos penetra a través de los ojos. ¡Penetra nuestro espacio personal! A lo largo de los años hemos visto cómo los cineastas han hecho todo lo posible para poseernos con efectos de sonido y visuales cada vez más invasivos y embrutecedores; con el 3D han llegado a su clímax (en todos los sentidos posibles). La única instancia superadora a esto que se me ocurre es que las películas vengan directamente con un pene, un pene de verdad que se erecte desde la pantalla, el Penevisión©, con el que se abuse de nosotros en una forma mucho menos metafórica.

Así que los dejo con esta reflexión: la próxima vez que vayan a ver una película en 3D dirigida por una leyenda del cine, sean conscientes de que están siendo penetrados por un anciano con plata y Viagra. Lo mínimo que deberíamos pedir es que nos pongan un pisito en Libertador.

6 comentarios:

A girl called María dijo...

lo ridículo del 3d es que termina en fracasos. No vuelve más interesante lo que per se no lo es.

Anónimo dijo...

Podetti , estás enloqueciendo y esto no intenta ser un elogio . Aun asi sigues siendo gracioso

El Gaucho Santillán dijo...

O que nos digan que nos aman.

Algo es algo.

Saludos

El Vengador Pitufante dijo...

claro, encima que uno ve un bodrio
a) lo tiene que ver con esos anteojos imbancables y
b) siente que lo toman por idiota queriendo maquillar el embole con espejos de colores

Nacho dijo...

Me conformo con que me compre la play..

gustavo dijo...

"Tres dé", ma qué tres dé ni que ocho cuartos!. Camuflar bagayos es de opereta, y berreta al cien x cien. No hay ganas de sentarse en la butaca ni chistar al ruidoso, con los estrenos que dan...sueño! En breve, repartiran junto a los anteojitos un porro "king-size" y una oferta de barbituricos en balde para los guachituyos que lo deseen.
Al final nada superior al "cine de superacción".
Abrazos.