lunes, 10 de junio de 2013

El Cartoonero: Gunnar Eriksonn, el super-transgresor (Fierro 80)

La verdadera transgresión artística suele florecer en aquellas sociedades que tienen algunos problemas básicos solucionados. El under norteamericano o el movimiento de los Humanoides Asociados son propios del primer mundo: quien tiene el estómago lleno, puede más tiempo libre para la realización de experimentos estéticos.

Por eso es que tal vez pueda otorgarse el premio de “El Artista más Transgresor del Planeta” a Gunnar Eriksonn, un furioso dibujante de cómics de Estocolmo. Nacido en una familia bien establecida, padre oftalmólogo y madre editora de libros infantiles, el autor de Svenn, el Desagradable tuvo una infancia tranquila y sin mayores problemas, lo que prácticamente garantizó su talento para los relatos sobre marginales muertos de hambre, abusados sexualmente y adictos a las drogas duras.

Algunos de los cómics de Eriksonn fueron prohibidos en varios países de occidente, y su historieta Degradación (2007), cuyo argumento preferimos obviar, no ha encontrado editor que se atreva a sacarlo a la venta. Algunos de los allegados al artista han llegado a cortar su relación de amistad con éste luego de leerla, alegando traumas psicológicos leves. Coprofagia, canibalismo en vida, violación, genocidio, pedofilia e incesto son algunos de los temas más suaves que se tratan en el relato.

“Mi intención es darle un cachetazo al lector; sacarlo de su letargo”, comentó Eriksonn en un reportaje que le hicieron en el Hospital Rey Gustavo de Estocolmo, cuando se recuperaba de un linchamiento producido, por cierto, luego de “sacar de su letargo” a algunos miembros de su público, que no esperaban los escandalosos giros de su historieta Ratas & Heroína.

Durante el juicio que siguió al episodio, varios confesaron no saber qué les había ocurrido, para luego quebrarse y llorar mientras repetían como una letanía las horrendas peripecias que sufría Inga, la protagonista del cómic. Luego de leer en voz alta –y usando muchos eufemismos- el argumento de la historieta (y provocar descomposturas y accesos de ira entre los miembros del jurado), no sólo se absolvió a los atacantes del dibujante sino que por poco se repite el linchamiento en el propio juzgado (con el juez a la cabeza).

Los familiares de Eriksonn le rogaron que moderara el tono de sus obras, sin resultados a la vista. “No puedo evitarlo; ser provocador está en mi naturaleza”, explicó en otra entrevista, que culminó con un furioso puñetazo de su entrevistador. Meses después publicaba en Borg, una transgresora revista de cómics su nueva serie Nazis en mi casa, donde además de redoblar la apuesta en la temática (es imposible leer la escena del inflador del capítulo 2 sin vomitar) comenzó a experimentar con un dibujo más agresivo, retorcido, oscuro, por momentos ilegible (se habla de casos de estrabismo provocado). El capítulo 7, por ejemplo, no sólo cuenta algunos hechos de violencia y bajeza a través de un caos visual desolador, sino que el texto (“interminable”, según los críticos más benévolos) parece estar escrito por un mono subnormal, en un tamaño indescifrable y con una redacción degradante, incluso para aquellos lectores que entienden el sueco. En resumen, si la intención de Eriksonn era darle un puñetazo al lector, con esta historieta no le deja un hueso sano, le mete un dedo en el culo y después lo escupe. De verdad que dan ganas de ir a Suecia y recagarlo a trompadas.

El trabajito le costó a Borg el cierre, su editor quedó en la completa ruina debido a una serie de juicios y se cree que la violencia en Suecia aumentó un 42 % sólo por haber tomado contacto con esta historieta. Eriksonn era considerado en este momento “El Hombre más Odiado de toda Suecia”, lo que haría recapacitar al artista más salvaje.

Sin embargo, estaba decidido a dar un paso más: En su obsesión por provocar y agredir al lector, en el 2011, eligió al azar a un lector, un lector real, Bjorn Bergström, e inició una serie de cómics auto-editados (pero de notable tirada, contando para ello con la herencia de sus padres, recientemente muertos en un accidente automovilístico) llamada El Hijo de Puta de Bjorn Bergström, en la que relataba las miserias más ocultas de su víctima, y agregaba algunas nuevas y cada vez peores.

Gracias al hecho de que esta vez la agresión al lector estaba concentrada en una sola persona, la serie fue un éxito rotundo, y un ejemplo de cómo se puede desafiar las convenciones sociales y que te feliciten por ello.


Viñeta de Svenn, el Desagradable

domingo, 12 de mayo de 2013

El Cartoonero: Sambo, el Gorila Hombre, y el celo de los aficionados (Fierro 79)

Se cumplen este junio cincuenta años de la aparición de Sambo, Man-Gorilla, del Maestro Brian T. Drake. Su status de personaje de tercera línea de la DC no empequeñece su condición de clásico. Por eso es que aún hoy, mientras otros personajes han pasado por catástrofes, muertes y renacimientos, Drake continúa al frente de la serie, acompañada por un número importante de fieles aficionados. ¡Larga vida a Sambo!

El gorila que debido a un hechizo hudu (la magia negra de New Orleans) se transforma en humano de agilidad y fuerza prodigiosa ha vivido todo lo que puede vivir un superhéroe, y más: ha viajado a Marte, se ha casado y enviudado y hasta ha protagonizado más de un team-up con las grandes estrellas de la editorial (Superman, Batman y el Detective Marciano incluidos), pero siempre ha mantenido un dramatismo y una coherencia interna que lo destacan de entre sus congéneres.

Es cierto que a partir de los 90, tal vez por el manoseo de algunos guionistas (a partir del n° 688, el yerno de Drake, Milton Hernández. se hizo cargo del storyline de la serie) los más fanáticos descubrieron algunas pequeñas inconsistencias: Por ejemplo, en el n° 722, Sambo (en su forma humana) se pone una corbata amarilla, a pesar de que en el n°422 (“La Bruja de Brixton”) había comentado que por nada del mundo se pondría algo de ese color, por considerarlo “jinxed” (“yeta”). A este respecto, justamente, recuerdo haber enviado una carta a DC señalando este pequeño lapsus, que me fue contestado con amabilidad por el propio Drake de puño y letra (incluso con un dibujo autografiado del heroico gorila, que atesoro entre los papeles más preciados de mi colección).

No sé si por gratitud mi afición por el personaje se acrecentó; por eso mismo es que no pude dejar pasar otro lamentable error (en el n° 425), relacionado con la cantidad de veces que Sambo decía haber viajado al Polo Norte (“seis” en lugar de “catorce”). Ya en la era de Internet, escribí un par de mails al maestro Drake, que me contestó un poco desconcertado al principio (supongo que por efectos de la edad) y luego con una seca derivación a su yerno. Éste se mostró algo reacio a contestarme (por lo que me vi obligado a enviarle unos siete u ocho correos más) y finalmente me agradecía por la observación, aunque no le parecía un detalle importante.

Creo que es este tipo de descuidos los que no permiten que la historieta sea considerada una de las bellas artes. Como críticos, pero sobre todo lectores, tenemos EL DEBER de estimular a nuestros autores a que den lo mejor de sí.

Es por eso que a comencé a mantener una fluida comunicación con Hernández, al que enviaba quincenalmente una lista de los errores, inconsistencias, deshonestidades intelectuales e incluso problemas en la trama (y en el dibujo, por lo que también copiaba en mis mails al maestro). Reconozco que tal vez por esta misma cotidianeidad usaba a veces algunas expresiones demasiado familiares para juzgar su trabajo; el hecho es que después de un par de meses, en los que la “politeness” tan cara a los norteamericanos empezó a contaminarse de un indisimulado fastidio, sentí que la fluidez comenzó a ser unilateral. Ni Hernández ni Drake contestaban ya mis mails, y luego directamente lo hacían con groserías que no estaban a la altura de lo que se espera de un artista consagrado.

De nada sirvió que interviniera en cuanto foro, blog, cuestionario online o Facebooks de ambos autores para aportar mis críticas constructivas: Drake hasta me amenazó con “viajar hasta ese agujero latinoamericano donde vivís y sacarte las tripas a patadas en el culo” por una observación sobre una palmera medio mal dibujada. Ni siquiera tuvo la amabilidad de comentar el boceto que le envié para un posible rediseño del personaje (adjuntado en la nota).

La peor muestra de intolerancia a la crítica ocurrió en el 2008, cuando se homenajeó en San Diego al personaje por sus 45 años. A pesar del esfuerzo que hice en costearme hasta y molestarme en hacer una payasada disfrazado de gorila (festejada por los propios autores, que entre risas me hicieron subir al escenario), no tuvieron una actitud muy agradable cuando me quité la máscara, me presenté y les pregunté por qué en el último número, en la viñeta 7 de la página 10, Sambo parecía sufrir de estrabismo.

Aún tengo problemas para mover el brazo izquierdo y entiendo que Drake y Hernández no pueden salir del estado de Chicago debido a sus cargos por lesiones graves. Pero nada les impide continuar con su creación, que espero ansiosamente cada quince días.


Mi boceto para el rediseño de Sambo, del cual entiendo tomaron "prestados" algunos elementos

sábado, 9 de marzo de 2013

El Cartoonero: La Epopeya de Marizzo, el Mercenario (Fierro 76)

En la diaria gesta de aquellos que no se resignan a la caída de la Historieta, tal vez la historia del prestigioso dibujante Ezequiel Marozzi se encuentre entre las más conmovedoras por su mensaje de auto-sacrificio y nobleza.

Creía el autor de obras maestras como Argos, el Incansable y Jack, de Ninguna Parte, que el género historietístico no sólo podía volver a los históricos guarismos de venta y consumo de décadas pasadas, sino que era una obligación de todos hacer lo posible para lograrlo. A mediados del 2009, reflexionando en el hecho de que las publicaciones antológicas o ediciones de lujo sólo nucleaban a un pequeño círculo de aficionados entró en una crisis personal. Peronista de raza y de origen humilde, estaba convencido de que el arte sólo tenía sentido si era consumido por las masas proletarias o medias, en lugar de intelectuales, colegas o estudiantes ciencias de la comunicación. Mientras ahogaba estas angustias en el alcohol y la masturbación, leyó un burdo chiste gráfico en una vieja edición de la revista Azúcar, Pimienta y Sal (publicación del año 1977 que exhibía fotos de señoritas ligeras de ropa) y tuvo una suerte de revelación.

El chiste (ambientado en un consultorio de dentista y que no contenía más gracia que el inquietante dibujo de una enfermera rubia con senos desproporcionados) salía prácticamente como relleno en una revista cuyo principal atractivo era otro; pero el suficiente atractivo como para vender, en su momento, 37.000 ejemplares semanales: Es decir, 37.000 lectores que aunque fuera de reojo eran expuestos a una de las formas del noveno arte.

Estos 37.000 lectores no hubieran comprado ni bajo amenaza de muerte una revista de historietas o un libro en tapa dura de 300 mangos, por muy prestigioso y consagrado que fuera su autor, pero sin darse cuenta habían consumido una viñeta de humor gráfico; habían sido transportados al mundo de la historieta casi compulsivamente. Con su modesta obra, el humorista Choborri –autor del chiste de la enfermera- había logrado algo más productivo para el género que todos los Pratts, Breccias y Muñoces juntos.

Nace un Guerrillero del Cómic

Marozzi rescindió sus contratos con diversas editoriales europeas y discontinuó la serie que estaba iniciando con el gran guionista Carlos Sampayo. En la parrilla de su casona de Lanús quemó todos los libros de lujo y publicaciones prestigiosas, para luego raparse la cabeza (un acto más bien simbólico, ya que estaba completamente calvo) y anunció a sus hijos y colegas más cercanos que el viejo Marozzi había muerto: estaban ante “Marizzo, el Mercenario”. Su meta: Salir a la caza de los nuevos lectores de historietas, en lugar de satisfacer el “gusto masturbatorio de los cuatro plomos que me leen” (sic).

Como si recién iniciara su carrera, recorrió carpeta en mano publicaciones de los más variados temas de interés, con la única condición de que no fueran revistas de historietas: política, chismes, sexo, computación, actividades rurales, tango, submarinismo, veterinaria, medicina y numismática: En cada entrevista presentó una brillante historieta sobre el tema. Cuando le explicaban que no tenían presupuesto para ese contenido, ofrecía trabajar gratis. Si no les interesaba, insistía, suplicaba, se ponía agresivo y hasta ofrecía algo de dinero. Para Marizzo, el Mercenario, nada era suficiente con tal de captar lectores.

Algunos sorprendidos editores argumentaban que los dibujos y argumentos de Marizzo eran demasiado sofisticados para el público de su revista. El autor entonces contraatacaba con estilos considerados más potables (“pedorros”, como explicaba crudamente). ¡En su obsesión, el tres veces ganador del Yellow Kid era capaz de sacrificar incluso sus altísimos estándares!

Resumiendo, en pocos meses Marizzo estaba publicando en unas treinta publicaciones especializadas en diferentes temáticas, claro que en detrimento de su prestigio, su prosperidad económica y sobre todo su salud. Un infarto lo sorprendió mientras terminaba una viñeta de Cacho, el Caño de Escape para la revista Moto Chabones. En la terapia intensiva del Hospital italiano, le susurró a su hijo mayor: “Si he logrado reclutar un solo lector a las filas de la Historieta, esto ha valido la pena”.

Su gesta parece haber dado algunos frutos: Meses después de su muerte, veintisiete de las publicaciones donde colaboraba quebraron, ya que sus lectores ahora extrañaban “los chistes esos de Marizzo, qué buenas minas que hacía”. Las maldiciones de los editores aún se escuchan.


Viñeta de Cacho, el Caño de Escape

jueves, 14 de febrero de 2013

El Cartoonero: ¡Larga vida a Bollini! (Fierro 75)

¡Cumple nada menos que 100 años el gran Bollini y el mundo del humor gráfico se viste de fiesta, tanto más en este casocuando el creador de tiras ya legendarias como Y entonces le dije… y ¿Y por casa cómo andamos? sigue lúcido, en actividad y con más trabajo que nunca!

Cuando otros dibujantes, víctimas del cansancio o los deterioros del tiempo ya se asumen retirados o directamente seniles, Américo Gerardo Bollini no sólo continúa con su habitual ritmo de actividad (recordemos que Bollini tiene el impecable récord de ser el único dibujante con cinco tiras diarias simultáneas, tres de ellas en en el mismo diario y en la misma página) sino que suma una nueva novedad nacida de su inagotable fuente de cratividad: La tira Despacio que estoy apurado, donde refleja, una vez más, los vicios, delicias y contradicciones de los argentinos.

“Les propuse la idea a los del diario y les gustó”, explica con la sencillez de los grandes el centenario dibujante. “Ahora ya tengo cuatro tiras en la misma página, ¡sólo espero que la gente no se canse de mí!”, murmura con modestia. Si bien quién sabe si su deseo será factible de cumplir (el correo de lectores del matutino El Vocero está atiborrado de cartas e intimaciones donde se reclama casi con desesperación que se jubile al artista lo antes posible), es digna de admiración la energía del provecto humorista, que hace decir, incluso a sus más encarnizados detractores, “qué bárbaro llegar así a esa edad”, o “parece que hizo un pacto con el Demonio”, o bien “yerba mala nunca muere”.

“El Viejo es un caso único”, sonríe, no sin algo de amargura, el talentoso dibujante Borianski, convocado hace unos meses por El Vocero para preparar una tira “en caso de que la Naturaleza siga su curso normal”, como le explicara un jefe de redacción que prefiere permanecer en el anonimato. “Con el entusiasmo dibujé como trescientas tiras –que no puedo publicar en otro lado por un tema contractual- e incluso me adelanté a sacar un crédito hipotecario”, explica el joven historietista, “pero se ve que hay Bollini para rato. Es un caso único, un caso único”, repite, ya sin visos de sonrisa alguna.

Un reemplazo anunciado

Con menos filosofía aún se lo toma Catuchu, el sexagenario creador de Morrulio & el Sapo, cuyo contrato con El Vocero terminó abruptamente hace unas semanas. “Me dijeron que mi tira estaba un poco demodée, y no va que al otro día me entero que en mi lugar pusieron otra tira del fósil impresentable ese. Una vergüenza. No sé cuántas veces hizo ya el chiste de la mina tetona y la caja fuerte. Que te quede claro que les estoy metiendo un juicio de aquellos”. El chiste de la pechugona y la caja fuerte que menciona Catuchu, es menester decirlo, ha aparecido en diversas ocasiones en sus cinco tiras tradicionales (incluso en una de ellas apareció a razón diaria durante unos quince días) y por lo que se puede ver en la primera semana de Despacio que estoy apurado, amenaza con no resignar protagonismo.

“Es posible que después de ochenta y tres años de trabajar en esto me repita una y otra y otra vez, pero son los gajes del oficio, le pasa a todo el mundo”, explica Bollini con su tonito de exasperante humildad, para luego lanzar un inesperado dardo: “Lo que pasa es que algunos no se bancan que uno tenga más de un éxito, que pueda perdurar en el tiempo, y sobre todo, no me perdonan la amistad que me une con ‘Yoyo’ Días Sierra” (fundador de El Vocero, que por estos días sopla noventa y ocho velitas). Una amistad mucho más importante que cualquier prurito profesional o saber dibujar Photoshop o esas cosas de los pibes de ahora”, amaga con indignarse el anciano.

Pero, ¿alcanza con una amistad personal para explicar el por qué los anticuados chistes de suegras, cajas fuertes, oficinistas y efemérides de Bollini continúan impregnados en el imaginario colectivo de los lectores argentinos? “Yo creo que sí”, dice S., un dibujante que prefiere mantener el perfil bajo. “No los lee nadie. El tipo es uno de los más grandes responsables de hundir el género en el país, hay todo un estudio hecho al respecto, con cifras y testimonios y todo. Y no te hablo de la generación de dibujantes agazapada que está esperando que la palme, incluyendo muchos que ya se les pasó el cuarto de hora y tuvieron que dedicarse a la publicidad por culpa del Gilgamesh de mierda este.”

Polémicas, egoísmos, cuñas y miserias personales aparte, lo cierto es que el gran Bollini no detiene su marcha; un ejemplo de dedicación al trabajo, pasión y genética envidiable que todos deberíamos imitar. ¡Que su ejemplo de perseverancia nos ilumine por siempre!

O, en las palabras levemente alucinadas de Borianski: “No se muere más. Es un caso único, un caso único. No se muere más. No se muere más (llanto)”


A sus 100 años, el Maestro Bollini casi que conserva su firme y personal trazo

martes, 5 de febrero de 2013

Mi Problema con las Plumas Guillot

Tengo el siguiente problema, que incluso de solucionarse me condena a la autodestrucción:

Resulta que el único elemento con el que me siento a gusto para dibujar es la pluma Guillot n° 170. Como los colegas sabrán, dejaron de fabricarse hace unos 15 años (excepto para un librero CHANTA con el que hablé el otro día que me quiso convencer de que “no están entrando, por lo de Moreno”), por lo que mi única manera de procurarlas es recibirlas en herencia de dibujantes fallecidos o rastrearlas en viejas librerías de barrio, que suelen tenerlas en pequeñas cajitas de acrílico transparente, a su vez guardadas en un viejo cajón de madera; pero siendo un bien finito y escaso, tengo la sensación de que estoy jugando una carrera contra oponentes invisibles, dibujantes que también hacen este rastreo paralelamente, sin que sepa yo quiénes o cuántos son. Cada vez que uno de mis adversarios encuentra una pluma (¡y me la quita a MÍ!!!), siento el el alma un frío metafísico e intolerable (como un Frodo Bolsón del dibujo), el dolor de un nuevo hachazo que sufre mi futuro profesional. Si no me llenara de angustia sería apasionante.

Siento estos triunfos de mis inasibles contrincantes como especialmente injustos, ya que probablemente ellos sean más dúctiles para dibujar. Tal vez se manejen bien con el pincel, el plumín o el Rotring o una porquería de ellas, mientras que yo soy una especie de discapacitado del dibujo, sufriendo una dependencia atroz de las Guillot 170 (que además deben ser nuevas y estar en perfecto estado para que yo sea capaz de manejarlas).

Pero hay algo peor; aunque TODAS las plumas Guillot del Universo me fueran entregadas personalmente, sé que estas no duran eternamente, y menos aún en mis manos, debido a mi estilo bestialista de dibujo. Una pluma que a un dibujante más refinado (por ejemplo un Minaverry) le podría durar doce meses, a mí no me aguanta ni cuatro.

Por lo que en este caso, además de la carrera invisible contra mis adversarios (a quienes confío en convencer, algún día, de que me den todas a mí. Porque soy bueno), estoy compitiendo en una carrera contra el tiempo: es decir, mi única esperanza es que la última pluma Guillot en existencia se me termine de destruir pocos días antes de mi muerte. ¿habrá suficientes plumas en el mundo para aguantarme unos cuarenta o cincuenta añitos? (tengo genes longevos)

PD: Agradeceré la colaboración de un matemático o estadístico de esos que hacen gráficos, que pueda dibujar la “curva de las plumas Guillot”, donde “X” sea la cantidad de plumas restantes, y “Y” la cantidad de años que espero vivir. No espero descubrir nada especialmente viendo esta curva, pero me gustaría dibujarle encima unas hormiguitas, o un elefante patinando.

domingo, 13 de enero de 2013

El Cartoonero: Garcés de Alameda y el “Boom” Mexicano (Fierro 74)

A mediados de la primera década del 2000 se vivió en México un verdadero “boom” historietístico. Se reflejaba este fenómeno en una cantidad acromegálica de convenciones del cómic, eventos, mesas redondas, conferencias, presentaciones de libros, inauguraciones de comiquerías, ferias fanzineras, murales pintados por dibujantes, artículos, blogs, polémicas y libros sobre crítica y análisis sobre el tema. Prácticamente se estrenaba una importantísima feria del cómic cada semana en distintas ciudades o a veces en la misma y simultáneamente, incluso en el mismo lugar físico.

Dibujantes semi-comocidos de todo el país eran convocados día por medio para dar su opinión sobre temas como “¿Qué es la novela gráfica?”, “¿Cuál es el futuro de la historieta?” y también “¿Qué es la novela gráfica?”; a un punto en el que el público se preguntaba cómo encontraban tiempo para dibujar.

La respuesta, claro, estaba en la escasa publicación de cómics per se que se vivía en el país. De hecho no existía una sola revista profesional, y los diarios ya habían expulsado el género de sus páginas desde hacía tiempo, ya que les parecía “cosa de nacos” (“groncho”, en mexicano). Se publicaban algunos libros de edición independiente financiados con el esfuerzo de los subocupados dibujantes (cuando no de su bolsillo), cuyas ventas rara vez alcanzaban los dos dígitos (esto limitaba un poco el evento “presentación de libros”, pero se solucionaba presentando el mismo libro una docena de veces).

Esto no era impedimento alguno para que la prensa especializada se llenara la boca con un supuesto “boom”, exhibiendo como prueba esta proliferación de sucesos adyacentes a la historieta. “Esta semana me contrataron como conferencista y coordinador de charlas para cuatro ferias del cómic. ¡Nunca vivimos tiempos más prósperos!”, señalaba el crítico Moctezuma Garcés de Alameda desde su Toyota Corolla último modelo. No se mencionaba el hecho de que el 98 % del material comercializado en esas ferias fueran muñequitos de super héroes o ediciones mexicanas de manga japonés; el “boom” era obvio, reflejándose en la abultada cuenta bancaria de organizadores y entrevistadores de Stan Lee.

Fue precisamente Garcés de Alameda quien vivió uno de los momentos más extraños de la historia del cómic mexicano. Desde hacía un par de años el crítico se había convertido en empresario y curador de Comicartoon, la más importante convención de cómics del país azteca, que se realizaba cuatro veces al año. Cuando en el 2008 el gobierno de Calderón debió restringir algunas importaciones, la llegada de novedades norteamericanas se vio afectada y la edición invernal de Comicartoon estaba en peligro. Debió entonces convocar algunos dibujantes autóctonos para protagonizar la feria, incluso aunque los muy ingratos exigieran una retribución en metálico.

“Cochili repasa su carrera”

Sin embargo se vio un poco inquieto al ver el contenido de las charlas propuestas: “Felipe Díaz Nieto nos habla de una historieta que dibujó en el año 1997”; “Cochili repasa su carrera, con las tres historietas que hizo incluidas”; “Polémica: ¿12 ejemplares vendidos dan para hablar de un récord de ventas?”. Estudiando de más cerca el caso, comprobó que no quedaba un dibujante en actividad en todo el país. La mayoría habían abandonado la profesión hacía un lustro, ya que tenía que comer. Lo más parecido a un dibujante de historietas que encontró fue un señor que dibujaba caricaturas de los transeúntes en la rambla de Puerto Vallarta.

Garcés de Alameda echó entonces a patadas a los dibujantes y contrató actores desconocidos, que si bien no le cobraban más barato eran menos lúgubres y monocordes que los miembros del gremio dibujante. Con la ayuda del ex guionista de la historieta de Novaro Super Maya (que ahora se dedicaba a escribir telenovelas) guionó 16 conferencias y mesas redondas (con agrias polémicas incluidas), y media docena de entrevistas a ficticios próceres del dibujo, que contaban –para éxtasis del público- el origen de legendarios personajes inexistentes. (Garcés de Alameda evaluó incluso editar estos falsos clásicos, pero descartó el proyecto por ser económicamente innecesario).

Los aficionados estaban encantados de conocer a estos famosos autores, aunque lamentaban que el material que realizaban estuviera agotado. La feria fue un éxito y la prensa especializada señaló la notoria presencia de estos artistas como otra prueba del momento floreciente que vivía la industria; irónicamente fue el inicio de otra profesión, la de creador de cómics inexistentes, que subsiste al día de hoy en publicaciones del mundo entero y que se paga a precio de oro.

Elvira, la niña con un murciélago en la cabeza, el personaje emblemático del genial e inexistente Juaje

miércoles, 9 de enero de 2013

A Blast from Past

Tapa del suplemento "Picado Grueso", año 2008. Como nota de color puedo contar que en el mail donde la encontré decía "Lautaro, te mando la tapa, está un poco grande y me parece que tiene un sobrante". Días más tarde la tuve que cambiar -estresado y angustiadísimo- porque, efectivamente, tal como yo mismo había puesto en mi propio mail, estaba un poco grande y tenía un sobrante.

Supongo que cuando la envié la primera vez esperaba que el archivo se corrigiera mágicamente en el trayecto de casilla a casilla. En fin, una pequeña muestra de mi modus operandi.