miércoles, 15 de febrero de 2012

El Cartoonero: Giacometti-Gelbard: Un malentendido (Fierro 64)

Cuando guionista y dibujante encajan a la perfección, los resultados son sublimes. A veces, esto se da por casualidad, por simple buena “vibra” entre ambos artistas. Otras, gracias a la disciplina y el profesionalismo de los historietistas. El gran René Goscinny, por ejemplo, no escribía juegos de palabras cuando trabajaba con Morris, ya que a éste no le gustaban, y en cambio los generaba como chorizos cuando colaboraba con el dibujante Tabary.

Lo mismo podía decirse del Robert Gelbard, guionista de la DC durante los 70, que lo mismo escribía historias en un tono gótico cuando trabajaba con Berni Wrighston que epopeyas heroicas a la hora de colaborar con Jack Kirby. Se jactaba de adaptarse a la perfección a cualquier dibujante o relato que se le presentara. Sin embargo, pronto enfrentaría un desafío insuperable.

Dick Giacometti era una “joven promesa” que había llegado con una carpeta llena de trabajos deslumbrantes, que dejaron maravillado a Marvin Jeffries, editor jefe de DC de ese momento. Y le encargó a Gelbard que realizara junto a él una saga de la historieta “Kamandi” (Last boy on earth!). Gelbard se reunió con Giacometti y como era su costumbre le preguntó cuáles eran sus preferencias, qué estilos admiraba, etc., agregando –no sin orgullo- que siempre lograba captar la esencia del dibujante que le tocaba en suerte. Giacometti escuchó con una sonrisa y contestó, enigmáticamente: “Me gusta dibujar animalitos”.

Gelbard, algo confundido, interpretó que se trataba de una broma, tal vez relacionada con los animales humanoides de “Kamandi”. Pero como Giacometti no pronunció una sola palabra más en toda la reunión –en la que no había dejado de mirar al vacío con expresión estólida- decidió no ahondar en el asunto.

Semanas después, Gelbard contempló horrorizado las páginas que Giacometti había realizado. Su historia, donde unos monstruosos chimpancés invadían una Ciudad-fortaleza, había sido ilustrada con gatitos, ratoncitos y conejitos que se daban besitos y comían pastel de gengibre. Sus poderosos textos, además, habían sido reemplazados por dulces frases de tarjeta de felicitación. Ante la confirmación de Giacometti de que no era una broma –lo único que dijo fue “Me gusta dibujar animalitos”- Gelbard fue a quejarse.

Para su desgracia el editor Jeffries le echó la culpa a él. Le dijo que seguramente no había sido claro en sus indicaciones. Con mucha severidad, le explicó que el dibujante era uno de los artistas más brillantes de USA y que era su responsabilidad evitar que fuera a trabajar a la competencia.

Gelbard volvió a reunirse con Giacometti y le explicó con pelos y señales que en ningún momento del guión había sugerido la inclusión de conejitos y gatitos y menos aún pasteles de gengibre. Cuando se despidieron, Gelbard le hizo prometer que se ceñiría al guión, a lo que el dibujante asintió con la cabeza y agregó: “Me gusta dibujar animalitos”.

Una semana después, Gelbard llevó el guión al editor, junto con las nuevas páginas, donde la mayor “concesión” que había hecho Giacometti había sido poner un par de armas en uno que otro animalito. Armas color rosa, con flores y orejas de conejo, que disparaban algodón de azúcar. Jeffries, consternado, le dijo a Gelbard que tendría que haberle avisado antes de esta situación y le encargó llevar a buen término el número, con su futuro profesional en juego.

Gelbard entonces, tuvo una idea brillante: Le daría un enfoque completamente diferente a la historieta. Los personajes, debido a un pliegue en el espacio-tiempo, se verían teletransportados a una dimensión de fantasía, donde todos son animalitos dulces y simpáticos, y el conflicto ocurriría mediante un sutil subtexto, expresado en diálogos aparentemente empalagosos pero donde se leería –mediante ingeniosos indicadores para-lingüísticos- toda la violencia dela trama.

Después de trabajar durante cuatro días sin dormir, además de haber logrado su propósito, el guionista se las había arreglado para introducir algunos traumas autobiográficos y dos o tres conceptos muy polémicos sobre la vida, la muerte y el sistema capitalista. Envió el guión a Giacometti, convencido de haber logrado una hazaña.

Dos semanas más tarde, el editor Jeffries lo llamó enfurecido y le comunicó que estaba despedido. Perplejo, visitó a Giacometti para chequear los originales.

El dibujante, un poco molesto por la intención de Gelbard de manipular su estilo, había desviado el subtexto mediante expresiones faciales de los personajes, hasta cambiar completamente el sentido del subtexto original, convirtiéndolo en un alegato por el exterminio de los hispanos. Bueno, y además había incluido unas 17 páginas donde la hija mayor de Jeffries ensayaba docenas de posiciones sexuales diferentes con un par de docenas de enanos.

“Me gusta dibujar animalitos”, le dijo Giacometti al despedirse, con una mirada llena de resentimiento satisfecho.


La escena en la que Kamandi recibe una herida mortal en la nuca, según Giacometti

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Puede ser que esto sea todo un invento? No encuentro ninguna referencia a Giacometti en la web. Además la historia es bastante difícil de creer. Pregunto porque tengo miedo de no haber entendido el chiste.

El Gaucho Santillán dijo...

Mirà, es una buena historia.

Pero lo de la Democracia Cristiana (DC) haciendo historietas, no es creìble.

Saludos

Petre dijo...

Alucinante texto.

Como lo ignoro todo en el mundo de las historietas, empecé leyéndolo como una reseña auténtica...