lunes, 14 de mayo de 2012

El Cartoonero: Ayrton Galíndez, el Peor Editor del Mundo (Fierro 67)

Hubo una época en que los dibujantes de historietas veían a la figura del Editor como el mismísimo Demonio, como una mezcla de Lex Luthor con Ebenezer Scrooge y el Sr. Burns; un ser mezquino, despiadado y envuelto en las llamas de la Codicia, cuyo único objetivo en la vida era degradar y exprimir a los pobres artistas, seres nimbados con un aura de Digno Sufrimiento y que soportaban cualquier tipo de maltrato debido a un explosivo cóctel de impotencia y Amor al Arte. Hoy, que el editor es un bien más bien escaso, se lo idolatra, mima y se le ofrecen favores sexuales gratuitos, por supuesto sin abandonar el aura de Digno Sufrimiento, la impotencia, etc. etc.

Pero no hablemos de estas tristes épocas, sino de aquella en la que ser Editor era un negocio y un oficio, con su carga de noblezas y miserias como todo lo que vale la pena en este mundo; y en esa época podían convivir representantes del éxito como Andrés Cascioli, Guillermo Divito y Alfredo Scutti con miríadas de profesionales del ramo que más o menos se las arreglaban, pero que existían. Y entre aquellos sobresalió Ayrton Galíndez, que llevaba el dudoso galardón de “Peor Editor del Mundo”.

Galíndez, nacido en Porto Alegre, hijo de un emigrante argentino y una barista gaúcha, había vuelto a la Argentina en 1972 en busca de sus raíces. Fanático del cómic (o “quadrinhos”) desde siempre, inició una pequeña editorial gracias a una herencia. Como muchos emprendedores, sus comienzos fueron desastrosos; el gran mérito de Galíndez fue mantener este estado de comienzo desastroso durante los veinte años que duró su empresa. Galíndez publicaba a cuatro colores obras en blanco y negro; se equivocaba con las medidas, llegando a partir al medio una historieta comprada a precio de oro al mismísimo Hugo Pratt (cuyos originales, además, logró extraviar en el camino); apostaba el grueso de su distribución a lo largo y a lo ancho de la Patagonia santacruceña; y por supuesto, jamás logró pagarle a sus dibujantes a término, peleando con medio mundo y viviendo de juicio en juicio y de amenaza en amenaza.

Entre las hazañas de Galíndez se cuenta una revista llamada “Yum-Yum”, de formato apaisado, donde republicaba historietas compradas (aunque se sospecha que las levantaba sin más) al King Features y “versiones en historieta de personajes exitosos del momento, fueran Carozo y Narizota o Scooby-Doo, por supuesto sin r ningún tipo de permiso de sus creadores originales y dibujadas por principiantes que reclutaba en la puerta de la escuela de Garaycochea. “Yum-Yum” era un conjunto de abortos gráficos. Hasta el número 16, las historietas se imprimieron espejadas. Cuando Galíndez se dio cuenta de este error, lo corrigió, pero fue peor, porque entonces los lectores comprendieron que, además, las hojas solían estar desordenadas, o repetidas, o con “aportes creativos” del propio editor, que consideraba que los parlamentos originales no se entendían bien; por lo general los diálogos reescritos por Galíndez estaban en un portuñol espantoso. Estos aportes, como algunos retoques sin sentido encajados en cómics de Barney Google o Alley Oop, pueden leerse como un Arte en sí mismo. En una escena, el cavernícola Alley Oop (rebautizado “Hipólito” por el brasilero) está por noquear a un tiranosaurio que amenaza a su novia. Seguramente a Galíndez se le terminó el material o las páginas de la revista, porque al cuadro siguiente Alley Oop dice algo así como “Voy embora al Polo Norte, ¡adiéus!”, y se lo ve, medio mal dibujado sobre la foto de un cohete. Incluso se adivinan unos pegotes de Plasticola.

Cuando Galíndez empezó a tener problemas económicos hizo cualquier cosa con tal de seguir adelante. Una de sus últimas invenciones consistió en aprovechar el sobrante del papel en el que se imprimía “Yum-Yum” -que ya estaba confeccionada con otro sobrante- para lanzar “Yum-Yum Grande”. Este “meta-sobrante” medía un metro y medio de largo por veintitrés milímetros. Por supuesto, para publicar el material debía deformarlo y destrozarlo hasta volverlo completamente ilegible. Ni hablar de lo complicado que era comercializar estos “chorizos” de papel en los kioscos, que lo rechazaban por no saber dónde ponerlo. “Yum-Yum” subsistió hasta el número 172 e intentar leerla es una de las tareas más ingratas y enloquecedoras que puedan imaginarse. Hoy en día, sin embargo, se considera a Galíndez al nivel de los grandes vanguardistas, como Lucio Fontana, que desgarraba el lienzo con un punzón; tal vez sea así. En todo caso, si grandes artistas son aquellos que saben convertir en virtud sus limitaciones, Galíndez no es ajeno a este grupo, ya que tenía limitaciones para dar y repartir.

Barney Google, una obra maestra del cómic, tal como se veía en "Yum-Yum Grande"