Esto salió en la revista La Mano (circa 2003), y era una historia dividida en 6 partes. Estas son las viñetas de presentación de cada capítulo. Me falta la del Cap. 5 ("La Caza de Melvin Marvin"), que la dibujó Fayó.
domingo, 2 de diciembre de 2012
viernes, 30 de noviembre de 2012
sábado, 17 de noviembre de 2012
lunes, 12 de noviembre de 2012
M.M. Rage, auteur de los “Memes” (Fierro 72)
El Siglo XXI sorprendió a los miembros de la corporación historietística con una novedad impensada: Sus servicios ya no serían necesarios, o por lo menos no su condición de “autores”, “artistas” o cualesquiera fueran los títulos que los habilitaban para acumular fortunas. Las nuevas estrellas del firmamento del cómic, en lugar de gatos parlantes, ratones parlantes o marineros tuertos parlantes serían a partir de ahora una serie de “caritas” expresando estados de ánimo, que copypasteadas por infinidad de usuarios anónimos protagonizarían otra infinidad -aún mayor- de breves relatos satíricos.
Nuestra Era es, nos guste o no, la Era de los “Memes” de Internet, y sus representantes más exitosos son los de la serie Rage Comics, protagonizados por rostros pétreos conocidos como “Troll face”, “Cereal Guy”, “For Ever Alone” y demás monstruos bidimensionales. Su sistema de producción es colectivo, anónimo, simultáneo y con una sobreproducción “a la japonesa”. Así como sólo un desocupado muy proactivo podría leer todas las revistas de Batman que se publican mes a mes, ni siquiera un ejército de lectores profesionales, entrenados y bien disciplinados sería capaz de leer el tsunami de Rage Comics que se publican en la red día a día, minuto a minuto, segundo a segundo, desde todos los puntos del planeta y en todos los idiomas existentes; y sólo artistas muy prolíficos –y al borde del workaholismo- como Sergio Aragonés, Shotaro Ishimuri y Gustavo Sala podrían seguirles el paso.
Por lo menos eso es lo que quería, hasta hace unas semanas, el imaginario popular: Una revolución masiva y popular, sin centro ni liderazgo, capaz de reducir a los llamados “artistas” a meros fósiles del pasado, y restregándoles una Verdad que todo dibujante carga en su interior con mayor o menor oprobio: Cualquier infeliz puede hacer una historieta.
Hasta el descubrimiento que David Himmel, el reconocido investigador y crítico de historietas publicó en el Comics Journal de principios de octubre: ¡Los “Memes” tienen Autor!
Macabro hallazgo en un viejo desván.
“Esos rostros que aparecían periódicamente en el muro de mi Facebook desde mediados del año pasado me recordaban algo”, escribe Himmel en su nota. “Y una noche en la que desperté sudando frío, fui a la casa de mi madre y revisé, lleno de adrenalina, algunas pilas de revistas que había dejado allí luego de uno de mis divorcios. Y en un viejo Tip Top Comics, una publicación de corta vida del año 1923, encontré lo que buscaba.” En este primitivo comic book que recopilaba tiras cómicas de algunos periódicos del medio Oeste, figuraban nada menos que cuatro páginas firmadas por M. M. Rage, llamadas precisamente ¡Rage Comics! Imaginarán quiénes son sus protagonistas: Troll Race, Rage Guy, Fuck Yeah y demás miembros de la troupe que hoy ornan millones y millones de breves sátiras sobre temas tan variados como la presencia simultánea de la Popis y Doña Florinda, problemas para bajar juegos de Internet, sexo con animalitos y otras preocupaciones del mundo adolescente.
“Investigando un poco sobre el tal ‘Rage’”, cuenta Himmel, “descubrí que se trataba de un dibujante que jamás tuvo la habilidad de dibujar caras, por lo que fotografiaba –estamos hablando de la era pre-fotocopiadora-, recortaba y pegaba los mismos rostros una y otra vez, sobre los cuerpos que podía dibujar con un mínimo de competencia”. Himmel fue más allá, y tras meses de ardua investigación encontró en un enorme galpón de Nantucket miles y miles de originales del dibujante, cuyos argumentos se corresponden casi a la perfección con los de los Rage Comics online de hoy. Sólo cambian algunos nombres propios, pero intercambiando “Justin Bieber” por “Al Jolson” el sentido y el remate de ambas versiones es idéntico; mientras que los gags sobre Internet parecen calcados -con ligeras modificaciones- de algunos cómics donde M. M. Rage satirizaba las novelas radiales de ese entonces.
La conclusión del crítico es lapidaria: “Ignoro cómo han llegado los cómics de M. M. Rage al dominio público de Internet –aunque los herederos del dibujante ya están tomando cartas en el asunto-, pero todo parece ser obra de alguien a quien un dibujante le cagó guita, para desprestigiar y devaluar el oficio. Lo que sí podemos concluir, gracias a Dios, es que la idea del ‘Autor Colectivo’ ha sido una vez más sensatamente despedazada, y que dibujar historietas es una tarea que sólo corresponde a gente muy especial, inteligente y capacitada y que merece ganar fortunas; y que ponerla en manos de amateurs y gente del común es algo peligrosísimo y pecaminoso y que debería estar prohibido por las autoridades internacionales.”
Nuestra Era es, nos guste o no, la Era de los “Memes” de Internet, y sus representantes más exitosos son los de la serie Rage Comics, protagonizados por rostros pétreos conocidos como “Troll face”, “Cereal Guy”, “For Ever Alone” y demás monstruos bidimensionales. Su sistema de producción es colectivo, anónimo, simultáneo y con una sobreproducción “a la japonesa”. Así como sólo un desocupado muy proactivo podría leer todas las revistas de Batman que se publican mes a mes, ni siquiera un ejército de lectores profesionales, entrenados y bien disciplinados sería capaz de leer el tsunami de Rage Comics que se publican en la red día a día, minuto a minuto, segundo a segundo, desde todos los puntos del planeta y en todos los idiomas existentes; y sólo artistas muy prolíficos –y al borde del workaholismo- como Sergio Aragonés, Shotaro Ishimuri y Gustavo Sala podrían seguirles el paso.
Por lo menos eso es lo que quería, hasta hace unas semanas, el imaginario popular: Una revolución masiva y popular, sin centro ni liderazgo, capaz de reducir a los llamados “artistas” a meros fósiles del pasado, y restregándoles una Verdad que todo dibujante carga en su interior con mayor o menor oprobio: Cualquier infeliz puede hacer una historieta.
Hasta el descubrimiento que David Himmel, el reconocido investigador y crítico de historietas publicó en el Comics Journal de principios de octubre: ¡Los “Memes” tienen Autor!
Macabro hallazgo en un viejo desván.
“Esos rostros que aparecían periódicamente en el muro de mi Facebook desde mediados del año pasado me recordaban algo”, escribe Himmel en su nota. “Y una noche en la que desperté sudando frío, fui a la casa de mi madre y revisé, lleno de adrenalina, algunas pilas de revistas que había dejado allí luego de uno de mis divorcios. Y en un viejo Tip Top Comics, una publicación de corta vida del año 1923, encontré lo que buscaba.” En este primitivo comic book que recopilaba tiras cómicas de algunos periódicos del medio Oeste, figuraban nada menos que cuatro páginas firmadas por M. M. Rage, llamadas precisamente ¡Rage Comics! Imaginarán quiénes son sus protagonistas: Troll Race, Rage Guy, Fuck Yeah y demás miembros de la troupe que hoy ornan millones y millones de breves sátiras sobre temas tan variados como la presencia simultánea de la Popis y Doña Florinda, problemas para bajar juegos de Internet, sexo con animalitos y otras preocupaciones del mundo adolescente.
“Investigando un poco sobre el tal ‘Rage’”, cuenta Himmel, “descubrí que se trataba de un dibujante que jamás tuvo la habilidad de dibujar caras, por lo que fotografiaba –estamos hablando de la era pre-fotocopiadora-, recortaba y pegaba los mismos rostros una y otra vez, sobre los cuerpos que podía dibujar con un mínimo de competencia”. Himmel fue más allá, y tras meses de ardua investigación encontró en un enorme galpón de Nantucket miles y miles de originales del dibujante, cuyos argumentos se corresponden casi a la perfección con los de los Rage Comics online de hoy. Sólo cambian algunos nombres propios, pero intercambiando “Justin Bieber” por “Al Jolson” el sentido y el remate de ambas versiones es idéntico; mientras que los gags sobre Internet parecen calcados -con ligeras modificaciones- de algunos cómics donde M. M. Rage satirizaba las novelas radiales de ese entonces.
La conclusión del crítico es lapidaria: “Ignoro cómo han llegado los cómics de M. M. Rage al dominio público de Internet –aunque los herederos del dibujante ya están tomando cartas en el asunto-, pero todo parece ser obra de alguien a quien un dibujante le cagó guita, para desprestigiar y devaluar el oficio. Lo que sí podemos concluir, gracias a Dios, es que la idea del ‘Autor Colectivo’ ha sido una vez más sensatamente despedazada, y que dibujar historietas es una tarea que sólo corresponde a gente muy especial, inteligente y capacitada y que merece ganar fortunas; y que ponerla en manos de amateurs y gente del común es algo peligrosísimo y pecaminoso y que debería estar prohibido por las autoridades internacionales.”
viernes, 19 de octubre de 2012
lunes, 15 de octubre de 2012
El Cartoonero: Harry and his Family, de “Babsky” (Fierro 71)
Cuando murió Charles Schulz, el creador de Peanuts, el mundo de las tiras cómicas se vio ante el inmenso hueco que dejaba su desaparición física. No necesariamente traducido en un hueco en la página de los chistes de los diarios, ya que el material legado por Schulz era tan inmenso que su publicación podría repetirse indefinidamente. Sin embargo, algunos periódicos norteamericanos como el L.A. Times se plantearon la necesidad de una renovación.
El problema era: ¿Quién tendría el coraje de reemplazar nada menos que al padre de Charlie Brown? (En realidad, miles de dibujantes se ofrecieron para el puesto cuando aún el cadáver de Schulz estaba tibio, lo que habla de la enorme valentía de la comunidad gráfica). La elección recayó en Tim Chadwick, el autor de la tira Bastard!, la ácida serie que publicaba el Chicago Tribune sobre las andanzas de un koala usurero que vivía en una cloaca. Su audaz estilo expresionista ya había captado la atención de la crítica y el público de la costa Este.
Sin embargo, no era Chadwick uno de esos autores aguerridos a quienes me refería más arriba. La sola idea de llenar el espacio dejado por Charles Schulz lo hacía sudar frío y vomitar de nervios. En su biografía, A Hidden Genius, se cuenta que estuvo varias semanas en cama antes de decidir qué rumbo tomar. Imaginaba un ejército de lectores de historieta ahorcándolo por su petulancia, y a un terrorífico Snoopy acribillándolo con una metralleta desde su Sopwith Camel. Finalmente, tuvo una idea brillante: Esconderse bajo la cama, o lo que es el equivalente en los artistas, bajo un alias artístico.
Pero no se trataría de un simple cambio de nombre. Con su característico genio, fabricó todo un “personaje-dibujante”, con otro estilo de dibujo y también narrativo. El recurso era ingenioso: Ya que era un desafío tan grande igualar o superar al legendario Schulz, diseñaría una tira de tan mala calidad que la conmoción embarraría el debate; y las críticas no estarían dirigidas a él, sino a un personaje de su creación.
Para arrancar, su dibujo no sería sólo poco profesional; dibujantes como Mike Judge o el mismo Matt Groening habían logrado éxito en el mainstream con estilos guarros y desprolijos. Crearía un estilo de dibujo malo pero además débil, pobre y sin expresividad alguna. El guión contaría la historia más aburrida y mediocre posible: La vida de Harry, el dueño de una pequeña agencia de marketing, con un buen pasar y a punto de jubilarse. Una horrendamente standard familia tipo, una casa con pileta y un perro completaban el siniestro cuadro. Los chistes –que sólo un loco podría en realidad calificar de tales- giraban alrededor de pagos de tarjetas de crédito, becas universitarias y conversaciones laborales con subgerentes.
Harry and his Family (Chadwick había decidido apelar al efecto “se mataron con el nombre”) causó sensación. Una sensación de indignación y asco, en primer lugar entre los miles de dibujantes que habían aspirado al puesto (agravado por el suicidio de una joven y talentosa dibujante de Atlanta), en segundo lugar entre los lectores que inundaron el diario con sus cartas de reclamo, y en tercer lugar entre los editores del L.A. Times, que al tercer día de publicación le iniciaron juicio a Chadwick por estafa, dolo, daño moral y mala praxis.
Chadwick no se amilanó. Como a los grandes artistas, la reacción adversa también lo alimentaba, y más aún sabiendo que esta reacción era parte de su plan. Su idea original era que, de a poco, “Babsky” (tal el nombre del dibujante ficticio que firmaba la tira) iría experimentando con drogas, leyendo a los grandes clásicos, viajando por el mundo, sufriendo tragedias y otros avatares que modifican la vida de los artistas, y su obra evolucionaría a su par. El estilo se iría haciendo más sofisticado y salvaje, con un toque entre sintético, guarro e hiperrealista (y con algunas influencias de Hugo Pratt, Will Edler y Milt Gross), al tiempo que el bodrio Harry junto con su igualmente bodria familia irían desapareciendo de escena, para ser reemplazados por un conjunto musical de gitanos espaciales cuyo líder era un gorila (los brillantes bocetos de esta historia se han encontrado en su cuaderno personal, y quienes han accedido a él lo describen como una obra fundacional).
Lamentablemente, Chadwick sufrió un ACV y falleció una semana antes de poner en práctica su plan. El gran público jamás supo que Harry and his Family era la semilla de una de las mejores historietas de todos los tiempos. Por otra parte l L.A. Times, por un tema contractual, aún debe republicar una y otra vez (hasta el 2017) la tira de “Babsky”, que ocupa orgullosamente el centro de la contraportada.
El minipóster de fin de año de la audaz tira de Chadwick
El problema era: ¿Quién tendría el coraje de reemplazar nada menos que al padre de Charlie Brown? (En realidad, miles de dibujantes se ofrecieron para el puesto cuando aún el cadáver de Schulz estaba tibio, lo que habla de la enorme valentía de la comunidad gráfica). La elección recayó en Tim Chadwick, el autor de la tira Bastard!, la ácida serie que publicaba el Chicago Tribune sobre las andanzas de un koala usurero que vivía en una cloaca. Su audaz estilo expresionista ya había captado la atención de la crítica y el público de la costa Este.
Sin embargo, no era Chadwick uno de esos autores aguerridos a quienes me refería más arriba. La sola idea de llenar el espacio dejado por Charles Schulz lo hacía sudar frío y vomitar de nervios. En su biografía, A Hidden Genius, se cuenta que estuvo varias semanas en cama antes de decidir qué rumbo tomar. Imaginaba un ejército de lectores de historieta ahorcándolo por su petulancia, y a un terrorífico Snoopy acribillándolo con una metralleta desde su Sopwith Camel. Finalmente, tuvo una idea brillante: Esconderse bajo la cama, o lo que es el equivalente en los artistas, bajo un alias artístico.
Pero no se trataría de un simple cambio de nombre. Con su característico genio, fabricó todo un “personaje-dibujante”, con otro estilo de dibujo y también narrativo. El recurso era ingenioso: Ya que era un desafío tan grande igualar o superar al legendario Schulz, diseñaría una tira de tan mala calidad que la conmoción embarraría el debate; y las críticas no estarían dirigidas a él, sino a un personaje de su creación.
Para arrancar, su dibujo no sería sólo poco profesional; dibujantes como Mike Judge o el mismo Matt Groening habían logrado éxito en el mainstream con estilos guarros y desprolijos. Crearía un estilo de dibujo malo pero además débil, pobre y sin expresividad alguna. El guión contaría la historia más aburrida y mediocre posible: La vida de Harry, el dueño de una pequeña agencia de marketing, con un buen pasar y a punto de jubilarse. Una horrendamente standard familia tipo, una casa con pileta y un perro completaban el siniestro cuadro. Los chistes –que sólo un loco podría en realidad calificar de tales- giraban alrededor de pagos de tarjetas de crédito, becas universitarias y conversaciones laborales con subgerentes.
Harry and his Family (Chadwick había decidido apelar al efecto “se mataron con el nombre”) causó sensación. Una sensación de indignación y asco, en primer lugar entre los miles de dibujantes que habían aspirado al puesto (agravado por el suicidio de una joven y talentosa dibujante de Atlanta), en segundo lugar entre los lectores que inundaron el diario con sus cartas de reclamo, y en tercer lugar entre los editores del L.A. Times, que al tercer día de publicación le iniciaron juicio a Chadwick por estafa, dolo, daño moral y mala praxis.
Chadwick no se amilanó. Como a los grandes artistas, la reacción adversa también lo alimentaba, y más aún sabiendo que esta reacción era parte de su plan. Su idea original era que, de a poco, “Babsky” (tal el nombre del dibujante ficticio que firmaba la tira) iría experimentando con drogas, leyendo a los grandes clásicos, viajando por el mundo, sufriendo tragedias y otros avatares que modifican la vida de los artistas, y su obra evolucionaría a su par. El estilo se iría haciendo más sofisticado y salvaje, con un toque entre sintético, guarro e hiperrealista (y con algunas influencias de Hugo Pratt, Will Edler y Milt Gross), al tiempo que el bodrio Harry junto con su igualmente bodria familia irían desapareciendo de escena, para ser reemplazados por un conjunto musical de gitanos espaciales cuyo líder era un gorila (los brillantes bocetos de esta historia se han encontrado en su cuaderno personal, y quienes han accedido a él lo describen como una obra fundacional).
Lamentablemente, Chadwick sufrió un ACV y falleció una semana antes de poner en práctica su plan. El gran público jamás supo que Harry and his Family era la semilla de una de las mejores historietas de todos los tiempos. Por otra parte l L.A. Times, por un tema contractual, aún debe republicar una y otra vez (hasta el 2017) la tira de “Babsky”, que ocupa orgullosamente el centro de la contraportada.
El minipóster de fin de año de la audaz tira de Chadwick
viernes, 5 de octubre de 2012
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