viernes, 16 de marzo de 2012
lunes, 12 de marzo de 2012
El Cartoonero: La lección de Paco, el Burrote (Fierro 65)
Se podría decir que la historieta tuvo sus años ’60 durante la década del ’80: Una enloquecida fiebre de vanguardismo, experimentación y obsesión por quebrar barreras estéticas junto a la cual las obras de Warhol –o de su hermana perdida, Marta Minujín- podrían pasar por cuadros de barquitos para decorar cuartos de hotel.
En España, donde publicaciones como Tótem, Comix Internacional, 1984, El Víbora y la edición ibérica de Metal Hurlant difundían las obras de Moebius, Joost Swarte y Dick Matena, reinaba el posmodernismo. Los autores del momento prácticamente no concebían una historieta que no hiciera referencia cultural a una obra preexistente o que no jugara con las convenciones del género. Aquel que no dibujaba una historia de agentes secretos retrofuturistas en el estilo de la línea clara de los 40, narraba herméticos relatos mudos o ilustraba con montajes fotográficos sus visiones de LSD. Todo contenía ironía, referencialidad y doble lectura y era extremadamente confuso.
En este contexto el crítico Jordi Courreilles estaba en el pináculo de su carrera gracias a los sesudos artículos que publicaba en el suplemento cultural de La Vanguardia. Entre sus descubrimientos figuraba el universo referencial de Daniel Torres y los estilos, también llenos de referencias culturales, de dibujantes como Gallardo y Max. “Max toma en sus manos los mundos sexual y polìticamente reprimidos de Hergé y James M. Barrie y los transforma, merced a la alquimia de su pincel, en una galaxia nueva basada en el sexo, la violencia y sobre todo la multirreferencialidad, donde caben tanto Elvis Presley como Conan el Bárbaro”, decía, sin atragantarse, acerca del muy ochentoso cómic Peter Pank. Leyendo El Niñato, la obra de Gallardo y Mediavilla, se relamía de este modo: “Gallardo y Mediavilla toman los universos de Popeye, Robert Crumb y Francisco Ibáñez y a través de la violencia y la referencialidad múltiple los convierten en una experiencia completamente diferente”.
Algunos autores se quejaban de que ya no había forma de tener cierta repercusión a menos que uno hiciera una referencia a algo o rompiera con algún código establecido. Resentido con el crítico, un dibujante bastante conocido le envió a Courreilles un pequeño libro que recopilaba las historietas de Paco el Burrote, del gallego Manuel Sánchez, acompañado de una carta que dedía “Fíjate Jordi, qué vanguardista es este tío.”
Los problemas del análisis literario
El análisis de la obra de Sánchez lo desquició por completo. Al principio creyó no entenderla. Luego, supuso que las chabacanas humoradas de Paco el Burrote estaban escritas “irónicamente”. Pero por fin, estudiando la obra en más profundidad (lo que, según cuentan sus familiares cercanos, empezó a ocupar cada vez más tiempo de su jornada diaria), estalló de entusiasmo. Transcribimos un fragmento de la crítica que Courreilles intentó enviar a La Vanguardia:
“Paco el Burrote, a diferencia de otros tebeos modernos, no juega con la referencialidad de obras ajenas. El inmenso Sánchez, al hacer por ejemplo ese chiste aparentemente burdo donde Paco se tira un pedo y su novia se desmaya, está realizando una referencia a su propia historieta, y la hace, además, simultáneamente a la historieta que está transcurriendo en ese momento. Esta es la genialidad del autor manchego.”
El éxtasis de Courreilles no terminaba con ese hallazgo: “Porque además Sánchez –según la exhaustiva lectura que estoy haciendo- también es capaz de hacer referencia a esa primera referencia, detectable también al mismo tiempo y exactamente en el mismo lugar físico que la primera. Sólo que otra. Y esto no se termina ahí: Desde que he empezado a analizar –sin prisa pero sin pausa- a Paco el Burrote, ya he detectado 12.678 referencias superpuestas a las otras referencias, todas todas todas incluidas en la primera página del libro. De hecho me gustaría poder seguir leyéndolo, pero me temo que no puedo, hasta no llegar a la última capa de autorreferencialidad de la primera secuencia, una tarea que se me está haciendo cuesta arriba.” Y agregaba, con angustia: “También me gustaría parar de encontrar referencias para hablar con mis hijos. O dormir. O comer.”
El artículo llegó a ocupar unas 3.800 páginas, lo que explica que nunca fuera publicado en el periódico. Un párrafo de la página 3.230 da algún indicio de la fuerza que llevó a Courreilles al manicomio: “Me asalta la duda de si Sánchez en realidad no está haciendo ninguna autorreferencialidad, sino lisa y llanamente ua historieta, pero para un hombre en mi posición esa idea resulta incomprensible y aterradora.”
Paco el burrote, un personaje cargado de autorreferencialidad extrema
En España, donde publicaciones como Tótem, Comix Internacional, 1984, El Víbora y la edición ibérica de Metal Hurlant difundían las obras de Moebius, Joost Swarte y Dick Matena, reinaba el posmodernismo. Los autores del momento prácticamente no concebían una historieta que no hiciera referencia cultural a una obra preexistente o que no jugara con las convenciones del género. Aquel que no dibujaba una historia de agentes secretos retrofuturistas en el estilo de la línea clara de los 40, narraba herméticos relatos mudos o ilustraba con montajes fotográficos sus visiones de LSD. Todo contenía ironía, referencialidad y doble lectura y era extremadamente confuso.
En este contexto el crítico Jordi Courreilles estaba en el pináculo de su carrera gracias a los sesudos artículos que publicaba en el suplemento cultural de La Vanguardia. Entre sus descubrimientos figuraba el universo referencial de Daniel Torres y los estilos, también llenos de referencias culturales, de dibujantes como Gallardo y Max. “Max toma en sus manos los mundos sexual y polìticamente reprimidos de Hergé y James M. Barrie y los transforma, merced a la alquimia de su pincel, en una galaxia nueva basada en el sexo, la violencia y sobre todo la multirreferencialidad, donde caben tanto Elvis Presley como Conan el Bárbaro”, decía, sin atragantarse, acerca del muy ochentoso cómic Peter Pank. Leyendo El Niñato, la obra de Gallardo y Mediavilla, se relamía de este modo: “Gallardo y Mediavilla toman los universos de Popeye, Robert Crumb y Francisco Ibáñez y a través de la violencia y la referencialidad múltiple los convierten en una experiencia completamente diferente”.
Algunos autores se quejaban de que ya no había forma de tener cierta repercusión a menos que uno hiciera una referencia a algo o rompiera con algún código establecido. Resentido con el crítico, un dibujante bastante conocido le envió a Courreilles un pequeño libro que recopilaba las historietas de Paco el Burrote, del gallego Manuel Sánchez, acompañado de una carta que dedía “Fíjate Jordi, qué vanguardista es este tío.”
Los problemas del análisis literario
El análisis de la obra de Sánchez lo desquició por completo. Al principio creyó no entenderla. Luego, supuso que las chabacanas humoradas de Paco el Burrote estaban escritas “irónicamente”. Pero por fin, estudiando la obra en más profundidad (lo que, según cuentan sus familiares cercanos, empezó a ocupar cada vez más tiempo de su jornada diaria), estalló de entusiasmo. Transcribimos un fragmento de la crítica que Courreilles intentó enviar a La Vanguardia:
“Paco el Burrote, a diferencia de otros tebeos modernos, no juega con la referencialidad de obras ajenas. El inmenso Sánchez, al hacer por ejemplo ese chiste aparentemente burdo donde Paco se tira un pedo y su novia se desmaya, está realizando una referencia a su propia historieta, y la hace, además, simultáneamente a la historieta que está transcurriendo en ese momento. Esta es la genialidad del autor manchego.”
El éxtasis de Courreilles no terminaba con ese hallazgo: “Porque además Sánchez –según la exhaustiva lectura que estoy haciendo- también es capaz de hacer referencia a esa primera referencia, detectable también al mismo tiempo y exactamente en el mismo lugar físico que la primera. Sólo que otra. Y esto no se termina ahí: Desde que he empezado a analizar –sin prisa pero sin pausa- a Paco el Burrote, ya he detectado 12.678 referencias superpuestas a las otras referencias, todas todas todas incluidas en la primera página del libro. De hecho me gustaría poder seguir leyéndolo, pero me temo que no puedo, hasta no llegar a la última capa de autorreferencialidad de la primera secuencia, una tarea que se me está haciendo cuesta arriba.” Y agregaba, con angustia: “También me gustaría parar de encontrar referencias para hablar con mis hijos. O dormir. O comer.”
El artículo llegó a ocupar unas 3.800 páginas, lo que explica que nunca fuera publicado en el periódico. Un párrafo de la página 3.230 da algún indicio de la fuerza que llevó a Courreilles al manicomio: “Me asalta la duda de si Sánchez en realidad no está haciendo ninguna autorreferencialidad, sino lisa y llanamente ua historieta, pero para un hombre en mi posición esa idea resulta incomprensible y aterradora.”
Paco el burrote, un personaje cargado de autorreferencialidad extrema
martes, 6 de marzo de 2012
El Síndrome del Anciano con Viagra Cinematográfico (El Guardián n° 55)
Los lugares comunes son duramente criticados por comunes, pero no por inverosímiles. Así es como si bien nos fastidia ver en el cine o la tele la repetición de tópicos como el Policía Corrupto, el Drogón Cabeza Hueca, el Empresario Corrupto, la Ex Esposa Resentida, el Político Corrupto o el Cordobés que se Cree muy Gracioso, no podemos sino confesarnos que conocemos a alguno de estos ejemplares de la vida real, o varios.
Tomemos al Anciano con Viejazo, un personaje bastante pintoresco y que en la Era Viagra se ha multiplicado como la peste. El tipo se rebela contra su condición de abuelito inofensivo y quiere mostrar a toda costa que “a este trabuco naranjero aún le quedan un par de perdigones”. El Anciano con Viejazo es chistoso porque trata de hacerse el moderno y –ahora que puede hacer algo con ellas- levantarse minitas diciendo (siempre en forma errónea o desajustada) palabras como “chat”, “blackberry”, “tkm”, “piercing en el pito” y entremezclarlas con términos vetustos como “Ferro quina Bisleri” o “Tirame las agujas, manso”. Pero no quiere dejar de hacer bandera con la leyenda y el encanto de los tiempos pasados: y por eso hace gala de su Camaro de colección o de su entrada al garaje con adoquines coloniales. El Anciano con Viejazo lo quiere todo: Respeto a su historia, autoridad y canas, y demostrar que sabe dominar las últimas tecnologías como el más canchero preadolescente.
Lo que jamás hubiéramos imaginado es que este síndrome podría afectar a los próceres más marmóreos del cine internacional. El gran Martin Scorsese, el Martin Scorsese que en algún momento decidió que una de sus mejores películas fuera en blanco y negro, ahora se quiere hacer el péndex usando 3D a troche y moche en La Invención de Hugo Cabret. Pero para que no lo confundan con un imberbe superficial amante de los robots tipo Michael Bay, lo hace homenajeando a Georges Meliés y sus efectos especiales antediluvianos, como diciendo “¡Yo uso 3D, querido, pero sé que el cine es mucho más que la computadorita que usan los pendejos de ahora, qué Transformers ni qué Transformers!”. Así se apropia del maquinismo innato de la juventud, sin bajarse de su condición de patriarca sabio y artesanal. ¡El pan, la torta, la chancha y los veinte en un mismo cocktail de Red Bull y Gerovital!
Otros provectos cineastas que se han embarcado en el mismo tren son Steven Spielberg, que en Las Aventuras de Tintín: El Secreto del Unicornio usa el 3D para recrear una historieta del año del jopo -literalmente hablando. Y el madurito Tim Burton, que quiere ser un viejo infantilizado desde los 20 años: ¡En la pronta a estrenarse Frankenweenie mezcla el 3D con el blanco y negro y el stop motion de King Kong! Retro 2 - Tiempos Modernos 1.
El peor caso de retrotresdimensionismo, sin embargo, es el protagonizado por el jubilado teutón Werner Herzog en La Caverna de los Sueños: El tipo te usa el 3D para mostrarte pinturas rupestres. Pará, te fuiste al carajo. O sea, es como que dijo “¿Cómo puedo ser más anacrónico y artísticamente retrógrado posible? ¡Ya sé, ya sé!”. Y lo mejor es que seguramente no tuvo que pagar derechos, porque sus autores llevan muertos más de 100 años. Mínimo.
¿Por qué esta obsesión por el 3D de nuestros patriarcas cinematográficos? Me temo que el motivo es bastante prosaico y no hace falta un Freud para desentrañarlo. La pantalla del cine es el símbolo fálico de los directores, el miembro masculino con el que penetra nuestros sentidos e introduce su esperma intelectual en nuestro cerebro. Bueno, el 3D es su enorme y poderoso Viagra (o una prótesis peneana, si quieren ser más brutales). No sólo nos penetra a través de los ojos. ¡Penetra nuestro espacio personal! A lo largo de los años hemos visto cómo los cineastas han hecho todo lo posible para poseernos con efectos de sonido y visuales cada vez más invasivos y embrutecedores; con el 3D han llegado a su clímax (en todos los sentidos posibles). La única instancia superadora a esto que se me ocurre es que las películas vengan directamente con un pene, un pene de verdad que se erecte desde la pantalla, el Penevisión©, con el que se abuse de nosotros en una forma mucho menos metafórica.
Así que los dejo con esta reflexión: la próxima vez que vayan a ver una película en 3D dirigida por una leyenda del cine, sean conscientes de que están siendo penetrados por un anciano con plata y Viagra. Lo mínimo que deberíamos pedir es que nos pongan un pisito en Libertador.
Tomemos al Anciano con Viejazo, un personaje bastante pintoresco y que en la Era Viagra se ha multiplicado como la peste. El tipo se rebela contra su condición de abuelito inofensivo y quiere mostrar a toda costa que “a este trabuco naranjero aún le quedan un par de perdigones”. El Anciano con Viejazo es chistoso porque trata de hacerse el moderno y –ahora que puede hacer algo con ellas- levantarse minitas diciendo (siempre en forma errónea o desajustada) palabras como “chat”, “blackberry”, “tkm”, “piercing en el pito” y entremezclarlas con términos vetustos como “Ferro quina Bisleri” o “Tirame las agujas, manso”. Pero no quiere dejar de hacer bandera con la leyenda y el encanto de los tiempos pasados: y por eso hace gala de su Camaro de colección o de su entrada al garaje con adoquines coloniales. El Anciano con Viejazo lo quiere todo: Respeto a su historia, autoridad y canas, y demostrar que sabe dominar las últimas tecnologías como el más canchero preadolescente.
Lo que jamás hubiéramos imaginado es que este síndrome podría afectar a los próceres más marmóreos del cine internacional. El gran Martin Scorsese, el Martin Scorsese que en algún momento decidió que una de sus mejores películas fuera en blanco y negro, ahora se quiere hacer el péndex usando 3D a troche y moche en La Invención de Hugo Cabret. Pero para que no lo confundan con un imberbe superficial amante de los robots tipo Michael Bay, lo hace homenajeando a Georges Meliés y sus efectos especiales antediluvianos, como diciendo “¡Yo uso 3D, querido, pero sé que el cine es mucho más que la computadorita que usan los pendejos de ahora, qué Transformers ni qué Transformers!”. Así se apropia del maquinismo innato de la juventud, sin bajarse de su condición de patriarca sabio y artesanal. ¡El pan, la torta, la chancha y los veinte en un mismo cocktail de Red Bull y Gerovital!
Otros provectos cineastas que se han embarcado en el mismo tren son Steven Spielberg, que en Las Aventuras de Tintín: El Secreto del Unicornio usa el 3D para recrear una historieta del año del jopo -literalmente hablando. Y el madurito Tim Burton, que quiere ser un viejo infantilizado desde los 20 años: ¡En la pronta a estrenarse Frankenweenie mezcla el 3D con el blanco y negro y el stop motion de King Kong! Retro 2 - Tiempos Modernos 1.
El peor caso de retrotresdimensionismo, sin embargo, es el protagonizado por el jubilado teutón Werner Herzog en La Caverna de los Sueños: El tipo te usa el 3D para mostrarte pinturas rupestres. Pará, te fuiste al carajo. O sea, es como que dijo “¿Cómo puedo ser más anacrónico y artísticamente retrógrado posible? ¡Ya sé, ya sé!”. Y lo mejor es que seguramente no tuvo que pagar derechos, porque sus autores llevan muertos más de 100 años. Mínimo.
¿Por qué esta obsesión por el 3D de nuestros patriarcas cinematográficos? Me temo que el motivo es bastante prosaico y no hace falta un Freud para desentrañarlo. La pantalla del cine es el símbolo fálico de los directores, el miembro masculino con el que penetra nuestros sentidos e introduce su esperma intelectual en nuestro cerebro. Bueno, el 3D es su enorme y poderoso Viagra (o una prótesis peneana, si quieren ser más brutales). No sólo nos penetra a través de los ojos. ¡Penetra nuestro espacio personal! A lo largo de los años hemos visto cómo los cineastas han hecho todo lo posible para poseernos con efectos de sonido y visuales cada vez más invasivos y embrutecedores; con el 3D han llegado a su clímax (en todos los sentidos posibles). La única instancia superadora a esto que se me ocurre es que las películas vengan directamente con un pene, un pene de verdad que se erecte desde la pantalla, el Penevisión©, con el que se abuse de nosotros en una forma mucho menos metafórica.
Así que los dejo con esta reflexión: la próxima vez que vayan a ver una película en 3D dirigida por una leyenda del cine, sean conscientes de que están siendo penetrados por un anciano con plata y Viagra. Lo mínimo que deberíamos pedir es que nos pongan un pisito en Libertador.
jueves, 1 de marzo de 2012
La Embarazada Mala 08 (Barcelona 248)
Una nueva entrega de la Embarazada Mala. Por algún extraño motivo en la edición impresa me corrigieron la "s" de la palabra "Beshesa", pero no la "sh". Aparentemente en el mundo de la corrección editorial existen faltas de ortografía socialmente aceptadas y otras rechazadas con furia e intolerancia.
viernes, 24 de febrero de 2012
miércoles, 15 de febrero de 2012
Lo que odio de los feriados (Revista SH de febrero 2012)
Bueno, ¿pero quién puede ser tan cretino de odiar un feriado? Alguien que diga semejante cosa entra instantáneamente al ostracismo de los odiadores de mascotas y niños. Y sin embargo los hay: los free lance, que deben contemplar de reojo el júbilo de los oficinistas; los camareros, que se ganarán alguna propina extra pero sufren la fiesta ajena y la sobrecarga laboral; los empresarios, claro, a quienes ya bastante indignación les causa tener que pagar ese invento llamado “salario”. Y los escritores de cartas a La Nación, convencidos de que Argentina sería igual a Suiza si se derogaran vacaciones, asuetos y domingos y se resucitara a Bartolomé Mitre para gobernar el país.
Quien esto escribe, trabajador en blanco, oficinista, asalariado y semi-progre, no debería tener motivos para sumarse a estos equipos. Claro que me gustan los feriados. Estoy de acuerdo con agregar feriados, con el derecho a descanso del trabajador y blablablá. He dirigido una campaña na-cio-nal para inventar un feriado en Noviembre, ese mes interminable, algo que la Presidenta terminó haciendo y que considero un triunfo personal.
Pero no puedo jurar que la Institución feriado sea un lecho de rosas. O mejor dicho, es un lecho de rosas a las que un colchonero descuidado olvidó quitarles las espinas.
En la Edad Media existía Alamut, la Secta de los Asesinos. Jóvenes aldeanos de las colinas iraníes eran drogados y llevados a un jardín lleno de hermosas danzarinas y fuentes de las que manaba vino; los líderes de la secta les explicaban que habían muerto y estaban en el jardín de Alá. Luego, volvían a drogarlos y los llevaban lejos de allí, explicándoles que si obedecían ciegamente las órdenes de esta mafia medieval, al morir volverían al Paraíso que habían visitado. Los nuevos sicarios, entonces, no vacilaban en asesinar a quien fuere y a hacerse matar con tranquilidad.
Bueno, eso más o menos es lo que siento por los feriados. No la parte de hacerme matar. Eso lo haría gratis. Me refiero a esta horrible sensación de ser expuesto a un paraíso artificial y luego arrebatado. Cuando se acerca el feriado, la fantasía es que es una especie de vacación; pero ya sabemos que un día de descanso es lo mismo que nada: Pasamos la mitad del día –en el caso de que nos levantemos antes de las dos de la tarde- aflojando el stress laboral y la otra mitad angustiados por el nuevo día que se avecina. ¿Cuánto dura, entonces, la sensación de festividad? En el mejor de los casos unos veinticinco minutos, en la mitad del sándwich de angustias, donde nos autoconvencemos –con mucho esfuerzo y argumentos sofistas- de lo bien que la estamos pasando.
No, el feriado tiene mucho de tortura psicológica, manipulación capitalista y mentira colectiva. Como yapa, si no “aprovechamos” el feriado nos sentimos unos completos imbéciles. “¡Ooooh, se pasó el feriado y no he practicado Surf en las playas de Indonesia o quebrado la banca de los casinos de Montecarlo!”
Se intenta suavizar este flagelo pasando los feriados a los lunes o incorporando la saludable institución del “Día Puente”, pero son migajas insignificantes: rocío en el océano. Un feriado de verdad debería durar por lo menos 45 días. Se me dirá que ni siquiera las vacaciones duran tanto, y contestaré que una vacación de menos de seis meses es una especie de chiste. Pero no quiero ir a ese tema porque nos quedamos hasta mañana.
Esta condición de paraíso artificial y mezquino es la menor de las taras congénitas del feriado: Hay otra, que tiene su origen en los rincones más oscuros del Alma humana y que es completamente insoluble: Me refiero a que en los feriados no hay nada para hacer. Bueno, hay bares, cines y shoppings, pero la vida no son bares, cines y shoppings. No hay museos. No hay teatros municipales. Si quiero recorrer librerías, no hay. Cierran. O casas de instrumentos musicales. No, no soy músico, y habiutualmente no recorro casas de instrumentos musicales. No sabría qué hacer si lo hiciera. No es ese el punto (tampoco suelo ir a museos ni teatros municipales, no es ese el punto, no es ese el punto). Y tampoco hay oficinistas apurados y bancarios con el ceño fruncido de quienes ir a burlarse en bermuda y ojotas, con una bolsa de papas fritas. ¡Porque ellos también tienen feriado!
Y sé que esto es un deseo miserable, pero también parte de la naturaleza humana –o por lo menos de MI naturaleza humana, que soy tan Humano como el que más, a pesar de las acusaciones en contra al respecto: ¿De qué sirve un feriado si todo el mundo lo tiene?
¿Acaso cuando nos vamos de viaje no es una de las experiencias más enriquecedoras “recorrer las calles y ver a la gente en su vida diaria, real, cómo vive, transpira y trabaja”? ¿No es ese uno de los lugares comunes más estimulantes de las guías de viaje para trotamundos imberbes, esas guías que nos aconsejan alejarnos de Clubs Meds, resorts y Disneylandias?
Bueno, ahí está: un feriado es una especie de Club Med. Todo el mundo en la pavada y el abotargamiento. ¡Yo quiero –durante el feriado- vivir el día a día de la gente! ¡Sentarme en una mesa, acompañado de una cerveza helada y contemplar al obrero, al cadete, al enfermero en su trajín y sufrimiento diario! ¡ESO es enriquecedor! Ni hablar de primeros de mayos o de eneros –llamémosles “Super Feriados”- donde la ciudad se parece al mundo de Mad Max, o a Pergamino. Persianas bajas y silencio mortecino absoluto, interrumpido por algún perro con resaca. Vacaciones en el cementerio, ¡gracias, derechos del Trabajador, por escenografiar el mundo que vemos en nuestras pesadillas cinematográficas!
Seamos claros: No queremos feriados. Queremos vacaciones (seis meses mínimo, anoten esto y recuerden que soy el hombre que predijo el feriado de noviembre), o hacernos la rata. Por eso, los feriados deberían ser individuales: A principio de año, se hace un sorteo, y a éste le toca el 4 de mayo, al otro el 25 de agosto, a aquel el 9 de septiembre… Hasta podés tener suerte y te tocan todos juntos: Una semanita más de vacaciones.
Y adiós el robo a mano armada de la “Temporada Alta”.
(Ilustración de Ariel Escalante)
Quien esto escribe, trabajador en blanco, oficinista, asalariado y semi-progre, no debería tener motivos para sumarse a estos equipos. Claro que me gustan los feriados. Estoy de acuerdo con agregar feriados, con el derecho a descanso del trabajador y blablablá. He dirigido una campaña na-cio-nal para inventar un feriado en Noviembre, ese mes interminable, algo que la Presidenta terminó haciendo y que considero un triunfo personal.
Pero no puedo jurar que la Institución feriado sea un lecho de rosas. O mejor dicho, es un lecho de rosas a las que un colchonero descuidado olvidó quitarles las espinas.
En la Edad Media existía Alamut, la Secta de los Asesinos. Jóvenes aldeanos de las colinas iraníes eran drogados y llevados a un jardín lleno de hermosas danzarinas y fuentes de las que manaba vino; los líderes de la secta les explicaban que habían muerto y estaban en el jardín de Alá. Luego, volvían a drogarlos y los llevaban lejos de allí, explicándoles que si obedecían ciegamente las órdenes de esta mafia medieval, al morir volverían al Paraíso que habían visitado. Los nuevos sicarios, entonces, no vacilaban en asesinar a quien fuere y a hacerse matar con tranquilidad.
Bueno, eso más o menos es lo que siento por los feriados. No la parte de hacerme matar. Eso lo haría gratis. Me refiero a esta horrible sensación de ser expuesto a un paraíso artificial y luego arrebatado. Cuando se acerca el feriado, la fantasía es que es una especie de vacación; pero ya sabemos que un día de descanso es lo mismo que nada: Pasamos la mitad del día –en el caso de que nos levantemos antes de las dos de la tarde- aflojando el stress laboral y la otra mitad angustiados por el nuevo día que se avecina. ¿Cuánto dura, entonces, la sensación de festividad? En el mejor de los casos unos veinticinco minutos, en la mitad del sándwich de angustias, donde nos autoconvencemos –con mucho esfuerzo y argumentos sofistas- de lo bien que la estamos pasando.
No, el feriado tiene mucho de tortura psicológica, manipulación capitalista y mentira colectiva. Como yapa, si no “aprovechamos” el feriado nos sentimos unos completos imbéciles. “¡Ooooh, se pasó el feriado y no he practicado Surf en las playas de Indonesia o quebrado la banca de los casinos de Montecarlo!”
Se intenta suavizar este flagelo pasando los feriados a los lunes o incorporando la saludable institución del “Día Puente”, pero son migajas insignificantes: rocío en el océano. Un feriado de verdad debería durar por lo menos 45 días. Se me dirá que ni siquiera las vacaciones duran tanto, y contestaré que una vacación de menos de seis meses es una especie de chiste. Pero no quiero ir a ese tema porque nos quedamos hasta mañana.
Esta condición de paraíso artificial y mezquino es la menor de las taras congénitas del feriado: Hay otra, que tiene su origen en los rincones más oscuros del Alma humana y que es completamente insoluble: Me refiero a que en los feriados no hay nada para hacer. Bueno, hay bares, cines y shoppings, pero la vida no son bares, cines y shoppings. No hay museos. No hay teatros municipales. Si quiero recorrer librerías, no hay. Cierran. O casas de instrumentos musicales. No, no soy músico, y habiutualmente no recorro casas de instrumentos musicales. No sabría qué hacer si lo hiciera. No es ese el punto (tampoco suelo ir a museos ni teatros municipales, no es ese el punto, no es ese el punto). Y tampoco hay oficinistas apurados y bancarios con el ceño fruncido de quienes ir a burlarse en bermuda y ojotas, con una bolsa de papas fritas. ¡Porque ellos también tienen feriado!
Y sé que esto es un deseo miserable, pero también parte de la naturaleza humana –o por lo menos de MI naturaleza humana, que soy tan Humano como el que más, a pesar de las acusaciones en contra al respecto: ¿De qué sirve un feriado si todo el mundo lo tiene?
¿Acaso cuando nos vamos de viaje no es una de las experiencias más enriquecedoras “recorrer las calles y ver a la gente en su vida diaria, real, cómo vive, transpira y trabaja”? ¿No es ese uno de los lugares comunes más estimulantes de las guías de viaje para trotamundos imberbes, esas guías que nos aconsejan alejarnos de Clubs Meds, resorts y Disneylandias?
Bueno, ahí está: un feriado es una especie de Club Med. Todo el mundo en la pavada y el abotargamiento. ¡Yo quiero –durante el feriado- vivir el día a día de la gente! ¡Sentarme en una mesa, acompañado de una cerveza helada y contemplar al obrero, al cadete, al enfermero en su trajín y sufrimiento diario! ¡ESO es enriquecedor! Ni hablar de primeros de mayos o de eneros –llamémosles “Super Feriados”- donde la ciudad se parece al mundo de Mad Max, o a Pergamino. Persianas bajas y silencio mortecino absoluto, interrumpido por algún perro con resaca. Vacaciones en el cementerio, ¡gracias, derechos del Trabajador, por escenografiar el mundo que vemos en nuestras pesadillas cinematográficas!
Seamos claros: No queremos feriados. Queremos vacaciones (seis meses mínimo, anoten esto y recuerden que soy el hombre que predijo el feriado de noviembre), o hacernos la rata. Por eso, los feriados deberían ser individuales: A principio de año, se hace un sorteo, y a éste le toca el 4 de mayo, al otro el 25 de agosto, a aquel el 9 de septiembre… Hasta podés tener suerte y te tocan todos juntos: Una semanita más de vacaciones.
Y adiós el robo a mano armada de la “Temporada Alta”.
(Ilustración de Ariel Escalante)
El Cartoonero: Giacometti-Gelbard: Un malentendido (Fierro 64)
Cuando guionista y dibujante encajan a la perfección, los resultados son sublimes. A veces, esto se da por casualidad, por simple buena “vibra” entre ambos artistas. Otras, gracias a la disciplina y el profesionalismo de los historietistas. El gran René Goscinny, por ejemplo, no escribía juegos de palabras cuando trabajaba con Morris, ya que a éste no le gustaban, y en cambio los generaba como chorizos cuando colaboraba con el dibujante Tabary.
Lo mismo podía decirse del Robert Gelbard, guionista de la DC durante los 70, que lo mismo escribía historias en un tono gótico cuando trabajaba con Berni Wrighston que epopeyas heroicas a la hora de colaborar con Jack Kirby. Se jactaba de adaptarse a la perfección a cualquier dibujante o relato que se le presentara. Sin embargo, pronto enfrentaría un desafío insuperable.
Dick Giacometti era una “joven promesa” que había llegado con una carpeta llena de trabajos deslumbrantes, que dejaron maravillado a Marvin Jeffries, editor jefe de DC de ese momento. Y le encargó a Gelbard que realizara junto a él una saga de la historieta “Kamandi” (Last boy on earth!). Gelbard se reunió con Giacometti y como era su costumbre le preguntó cuáles eran sus preferencias, qué estilos admiraba, etc., agregando –no sin orgullo- que siempre lograba captar la esencia del dibujante que le tocaba en suerte. Giacometti escuchó con una sonrisa y contestó, enigmáticamente: “Me gusta dibujar animalitos”.
Gelbard, algo confundido, interpretó que se trataba de una broma, tal vez relacionada con los animales humanoides de “Kamandi”. Pero como Giacometti no pronunció una sola palabra más en toda la reunión –en la que no había dejado de mirar al vacío con expresión estólida- decidió no ahondar en el asunto.
Semanas después, Gelbard contempló horrorizado las páginas que Giacometti había realizado. Su historia, donde unos monstruosos chimpancés invadían una Ciudad-fortaleza, había sido ilustrada con gatitos, ratoncitos y conejitos que se daban besitos y comían pastel de gengibre. Sus poderosos textos, además, habían sido reemplazados por dulces frases de tarjeta de felicitación. Ante la confirmación de Giacometti de que no era una broma –lo único que dijo fue “Me gusta dibujar animalitos”- Gelbard fue a quejarse.
Para su desgracia el editor Jeffries le echó la culpa a él. Le dijo que seguramente no había sido claro en sus indicaciones. Con mucha severidad, le explicó que el dibujante era uno de los artistas más brillantes de USA y que era su responsabilidad evitar que fuera a trabajar a la competencia.
Gelbard volvió a reunirse con Giacometti y le explicó con pelos y señales que en ningún momento del guión había sugerido la inclusión de conejitos y gatitos y menos aún pasteles de gengibre. Cuando se despidieron, Gelbard le hizo prometer que se ceñiría al guión, a lo que el dibujante asintió con la cabeza y agregó: “Me gusta dibujar animalitos”.
Una semana después, Gelbard llevó el guión al editor, junto con las nuevas páginas, donde la mayor “concesión” que había hecho Giacometti había sido poner un par de armas en uno que otro animalito. Armas color rosa, con flores y orejas de conejo, que disparaban algodón de azúcar. Jeffries, consternado, le dijo a Gelbard que tendría que haberle avisado antes de esta situación y le encargó llevar a buen término el número, con su futuro profesional en juego.
Gelbard entonces, tuvo una idea brillante: Le daría un enfoque completamente diferente a la historieta. Los personajes, debido a un pliegue en el espacio-tiempo, se verían teletransportados a una dimensión de fantasía, donde todos son animalitos dulces y simpáticos, y el conflicto ocurriría mediante un sutil subtexto, expresado en diálogos aparentemente empalagosos pero donde se leería –mediante ingeniosos indicadores para-lingüísticos- toda la violencia dela trama.
Después de trabajar durante cuatro días sin dormir, además de haber logrado su propósito, el guionista se las había arreglado para introducir algunos traumas autobiográficos y dos o tres conceptos muy polémicos sobre la vida, la muerte y el sistema capitalista. Envió el guión a Giacometti, convencido de haber logrado una hazaña.
Dos semanas más tarde, el editor Jeffries lo llamó enfurecido y le comunicó que estaba despedido. Perplejo, visitó a Giacometti para chequear los originales.
El dibujante, un poco molesto por la intención de Gelbard de manipular su estilo, había desviado el subtexto mediante expresiones faciales de los personajes, hasta cambiar completamente el sentido del subtexto original, convirtiéndolo en un alegato por el exterminio de los hispanos. Bueno, y además había incluido unas 17 páginas donde la hija mayor de Jeffries ensayaba docenas de posiciones sexuales diferentes con un par de docenas de enanos.
“Me gusta dibujar animalitos”, le dijo Giacometti al despedirse, con una mirada llena de resentimiento satisfecho.
La escena en la que Kamandi recibe una herida mortal en la nuca, según Giacometti
Lo mismo podía decirse del Robert Gelbard, guionista de la DC durante los 70, que lo mismo escribía historias en un tono gótico cuando trabajaba con Berni Wrighston que epopeyas heroicas a la hora de colaborar con Jack Kirby. Se jactaba de adaptarse a la perfección a cualquier dibujante o relato que se le presentara. Sin embargo, pronto enfrentaría un desafío insuperable.
Dick Giacometti era una “joven promesa” que había llegado con una carpeta llena de trabajos deslumbrantes, que dejaron maravillado a Marvin Jeffries, editor jefe de DC de ese momento. Y le encargó a Gelbard que realizara junto a él una saga de la historieta “Kamandi” (Last boy on earth!). Gelbard se reunió con Giacometti y como era su costumbre le preguntó cuáles eran sus preferencias, qué estilos admiraba, etc., agregando –no sin orgullo- que siempre lograba captar la esencia del dibujante que le tocaba en suerte. Giacometti escuchó con una sonrisa y contestó, enigmáticamente: “Me gusta dibujar animalitos”.
Gelbard, algo confundido, interpretó que se trataba de una broma, tal vez relacionada con los animales humanoides de “Kamandi”. Pero como Giacometti no pronunció una sola palabra más en toda la reunión –en la que no había dejado de mirar al vacío con expresión estólida- decidió no ahondar en el asunto.
Semanas después, Gelbard contempló horrorizado las páginas que Giacometti había realizado. Su historia, donde unos monstruosos chimpancés invadían una Ciudad-fortaleza, había sido ilustrada con gatitos, ratoncitos y conejitos que se daban besitos y comían pastel de gengibre. Sus poderosos textos, además, habían sido reemplazados por dulces frases de tarjeta de felicitación. Ante la confirmación de Giacometti de que no era una broma –lo único que dijo fue “Me gusta dibujar animalitos”- Gelbard fue a quejarse.
Para su desgracia el editor Jeffries le echó la culpa a él. Le dijo que seguramente no había sido claro en sus indicaciones. Con mucha severidad, le explicó que el dibujante era uno de los artistas más brillantes de USA y que era su responsabilidad evitar que fuera a trabajar a la competencia.
Gelbard volvió a reunirse con Giacometti y le explicó con pelos y señales que en ningún momento del guión había sugerido la inclusión de conejitos y gatitos y menos aún pasteles de gengibre. Cuando se despidieron, Gelbard le hizo prometer que se ceñiría al guión, a lo que el dibujante asintió con la cabeza y agregó: “Me gusta dibujar animalitos”.
Una semana después, Gelbard llevó el guión al editor, junto con las nuevas páginas, donde la mayor “concesión” que había hecho Giacometti había sido poner un par de armas en uno que otro animalito. Armas color rosa, con flores y orejas de conejo, que disparaban algodón de azúcar. Jeffries, consternado, le dijo a Gelbard que tendría que haberle avisado antes de esta situación y le encargó llevar a buen término el número, con su futuro profesional en juego.
Gelbard entonces, tuvo una idea brillante: Le daría un enfoque completamente diferente a la historieta. Los personajes, debido a un pliegue en el espacio-tiempo, se verían teletransportados a una dimensión de fantasía, donde todos son animalitos dulces y simpáticos, y el conflicto ocurriría mediante un sutil subtexto, expresado en diálogos aparentemente empalagosos pero donde se leería –mediante ingeniosos indicadores para-lingüísticos- toda la violencia dela trama.
Después de trabajar durante cuatro días sin dormir, además de haber logrado su propósito, el guionista se las había arreglado para introducir algunos traumas autobiográficos y dos o tres conceptos muy polémicos sobre la vida, la muerte y el sistema capitalista. Envió el guión a Giacometti, convencido de haber logrado una hazaña.
Dos semanas más tarde, el editor Jeffries lo llamó enfurecido y le comunicó que estaba despedido. Perplejo, visitó a Giacometti para chequear los originales.
El dibujante, un poco molesto por la intención de Gelbard de manipular su estilo, había desviado el subtexto mediante expresiones faciales de los personajes, hasta cambiar completamente el sentido del subtexto original, convirtiéndolo en un alegato por el exterminio de los hispanos. Bueno, y además había incluido unas 17 páginas donde la hija mayor de Jeffries ensayaba docenas de posiciones sexuales diferentes con un par de docenas de enanos.
“Me gusta dibujar animalitos”, le dijo Giacometti al despedirse, con una mirada llena de resentimiento satisfecho.
La escena en la que Kamandi recibe una herida mortal en la nuca, según Giacometti
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